Diagnóstico

Aunque la Retinitis Pigmentosa es una condición genética hereditaria con la que nací, no fue hasta el verano del año 1987 que yo me enteré que la tenía. Ahora imagina el sonido de un arpa, como el que utilizan en las películas para indicar un viaje en el tiempo hacia el pasado. En aquellos días me encontraba en Mayagüez tomando en verano el curso de Cálculo II, si mal no recuerdo, y en las tardes, clases de buceo. Era el verano antes de comenzar el segundo año de mis estudios de ingeniería. Supongo que ya te estás distrayendo calculando mi edad. En mayo pasado cumplí 45, y si eres de los que estaba haciendo el cómputo, el próximo mayo te toca regalarme una botella de vino, o de Johnny Walker Black Label.

Una noche me encontraba en el Red Baron’s Pub, por lo que se puede presumir que fue un jueves, y una muchacha se me acercó y me saludó con un beso en el cachete, y diciendo mi nombre. Ella sabía quién yo era, pero yo no tenía idea de quién era ella, ya que estaba bastante oscuro, como era habitual en el lugar. Andaba ella acompañada por otra muchacha a la que tampoco había forma de reconocer, y al darse cuenta la primera que no había reconocido a la segunda me dice:
–Es Tita, mi hermana.– Tita había estudiado conmigo, y ellas eran parte del grupo que viajábamos juntos desde San Lorenzo a nuestra escuela en Humacao.

En el momento pensé que posiblemente la luz estaba dando desde cierta dirección en la que ellas me veían la cara, pero yo no veía las de ellas. Sin embargo esa noche noté que el ángulo de la luz no era el problema, y que la realidad era que con la luz que había normalmente en el lugar, yo no podía distinguir las caras de las personas. (Estoy seguro que eso no lo sabían mis amistades que en algún momento compartieron conmigo allí, y que hoy leen esto.) Hasta ese momento pensaba que en los sitios oscuros era normal no ver, y jamás pensé que yo era el único que no estaba viendo.

Algunos días después tuve una visita a mi oftalmólogo para ordenar más lentes de contacto, y al final le indiqué de forma casual el incidente en el Pub, así como que también había notado que en el cine, al entrar a la sala oscura pasaba más trabajo para moverme que las demás personas. Sin embargo, mi comentario no pareció tan casual a mi doctor. Me indicó que había notado unas manchas en mis retinas, y que lo más apropiado es que visitara un retinólogo. Recuerdo una tarde en el balcón de mi casa que nos estaba visitando una prima junto a su esposo, que en aquellos días estudiaba medicina. Le enseñamos el papel del referido que tenía que llevar al especialista y allí se usaba una palabra extraña. Esta era “Nictalopia”. El esposo de mi prima nos dijo que esto era un síntoma, y no una enfermedad, y que la misma significaba “Ceguera nocturna”.

Llegó el día de la visita al especialista, y allí me realizaron una de las pruebas más molestosas que me hayan hecho alguna vez. En esa prueba me dilataban las pupilas y el doctor me pegaba un lente de cristal a la superficie del ojo. Ese lente estaba en un extremo de un pequeño tubo, y por el otro extremo él miraba hacia el interior del ojo mientras alumbraba con una luz tan potente, que no recuerdo que dolía más, la luz, o que me estuvieran tocando el ojo. Supongo que alguna de las gotas que me había echado era para anestesiar el ojo, pero no creo que me hicieron mucho efecto.

Al final de los exámenes el doctor se reunió con mami y conmigo, y como si estuviera arrancando una curita de un sólo golpe, nos dijo que yo tenía Retinitis Pigmentosa, y que esta era una condición degenerativa de la vista, y que en 5 ó 6 años yo quedaría ciego. Me tomó más de veinte años el entender la razón por la que ese doctor no tuvo más tacto al dar su diagnóstico. No era necesario tomar más tiempo para indicar su opinión profesional. Ese era el día de mi cita, y era la única oportunidad que tenía para hablar conmigo, aunque la realidad es que me tomó veinte años el quedarme ciego, o por lo menos, el darme cuenta y aceptar que era ciego. Pero obviamente esa noche mis ojos no me dejaron dormir…